Publicado en Lanzamientos

Curiosa publicidad en el siglo XIX: amantes

El Romanticismo es una época dulcificada por la distancia. Una mentira más o menos hermosa, para esconder un paisaje infectado por la sífilis o la tuberculosis, y donde los corsés aprietan hasta el límite de la asfixia. En el siglo XIX, el amor tiene tantos lastres que no puede moverse. En las clases altas, los matrimonios se pactan sin consultar a los corazones. En las bajas, muchas décadas antes de que se hable de los derechos de la mujer o de divorcio legal, una boda puede equivaler a una cadena perpetua. Las calles tienen más iglesias que bares, y la moral católica lo empapa todo, tan pesada y venenosa como una lluvia de plomo fundido. Por eso, incluso si hay una chispa genuina entre dos jóvenes, sólo podrán verse bajo la supervisión directa de la familia, y no disfrutarán de intimidad hasta la noche de bodas. Los versos de un poeta romántico son, en el fondo, un grito de desesperanza. Sueños que no pueden saltar de la almohada. Quiero y no puedo.

la ultima moda, 30 de diciembre de 1900

Pero se sigue soñando, porque el cuerpo es enemigo de los barrotes, y siempre busca un poco de fuego cuando tiene tanto frío. A pesar de la educación recibida, de la paranoica vigilancia de la sociedad, del morder de la culpa y el pecado, hay quien necesita saltarse las barreras. Aunque no es fácil ser infiel en el siglo XIX. Los hombres que necesiten quemar sus pasiones más bajas pueden buscar refugio en una prostituta (una práctica que nadie comenta ni admite, pero es ampliamente tolerada y explica la monstruosa expansión de las enfermedades de transmisión sexual en aquella época). Pero las mujeres no lo tienen tan fácil. Están sometidas a su marido, y no es raro que también compartan techo con sus madres o sus suegras. Rara vez tienen excusa para salir solas de casa. La tecnología tampoco ayuda. Hoy existen mil maneras de conocer gente y contactar con ellas en el acto. Pero en el siglo XIX, sin teléfonos ni Internet, los mensajes deben ser mucho más directos. Una carta, un intermediario, un simple susurro al oído: todos los métodos posibles implican en un enorme riesgo.

portada nuevo mundo, 28 de septiembre de 1898

Alguien se dio cuenta que los anuncios por palabras podían ser una estupenda manera de enviar un mensaje. Sin aportar pistas de ningún tipo, dos amantes podían comunicarse en público sin llamar la atención. Por su naturaleza, son mensajes confusos y no siempre coherentes. Muchas conversaciones se han empezado por otra vías, y se terminan de manera abrupta. Pero es posible seguir algunas de esas historias durante un buen tramo. Por ejemplo, aquí tenemos las palabras de un tal E.O, publicadas en la revista Nuevo Mundo, el 17 de agosto de 1898:

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Pero el enamorado se desespera por no recibir la atención que cree merecer. Por eso escribe en el siguiente número, una semana después:

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El amante reaparece el 14 de septiembre, con el siguiente mensaje:

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¿Qué interrogante se le habrá clavado en el corazón? En esas líneas se intuye un cascabeleo de cristales rotos o el vacío de un libro que se acaba, cuando aún no se busca el final. La duda quedará resuelta el 21 de septiembre:

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Pero, en un dramático giro de los acontecimientos, como diría Fermín Trujillo,  los fragmentos se han vuelto a recomponer siete días más tarde:

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El culebrón sigue algunos capítulos más. E.O, que no parece el hombre más listo ni el menos machista de su época, se quejará de que:

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Después de enseñar su carácter celoso, E.O. se quedará sin respuesta, quejándose de falta de noticias durante varias semanas, hasta confundirse con el silencio. Es sólo un ejemplo, de los muchos que salpican las páginas de esas revistas y periódicos. Amores que nacieron y murieron en tiempos de nuestros tatarabuelos, y de los que sólo han quedado palabras impresas en una hemeroteca. Hay algo poético en la desesperación de hombres y mujeres como E.O, condenadas a esperar una semana entre mensaje y mensaje; a intercambiar una o dos cartas al mes, en el escenario más ingrato; a verse como las estaciones, tres o cuatro veces al año, tan furtivos y asustados como gatos que roban su comida, o a no verse jamás, salvo algún intercambio de miradas en un plaza o un teatro. Nosotros, que nos impacientamos si tardan cinco minutos en contestarnos un WhatsApp, que somos libres de querer por encima o por debajo de las sábanas, no soportaríamos el peso de tantos grilletes. Pero verlos (tan grandes, tan pesados, enemigos de la piel y de la carne que los soportan) quizá nos ayude a valorar nuestro lugar y nuestro tiempo.

Más ejemplos y detalles en Curiosa publicidad en el siglo XIX, que se publicará próximamente.

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Autor:

Ediciones Negras nace con la vocación de ayudar a nuevos autores, ofreciéndoles una manera de promocionarse. También quiere acercar al público géneros que no siempre tienen la difusión que se merecen, como el terror o la fantasía.

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