Publicado en Consejos Literarios

No escribas

Esta entrada va a resultar desagradable para mucha gente. Pero los buenos consejos no siempre tienen buen olor. Internet está llena de artículos que te invitan a convertirte en escritor/a. Ellos mismos te indican motivos por lo que es una idea estupenda sentarse delante de un papel en blanco, y parlotean sobre editores y la pasta que te puedes llevar por cada libro vendido. No te hablan de publicar dentro unos años, cuando reúnas la experiencia y el conocimiento necesarios para escribir una historia más o menos potable. Te dicen que puedes lanzarte a la piscina hoy mismo. A lo loco.

Esas palmaditas en la espalda no te las dan gratis, esa es la trampa: suele tratarse de talleres literarios o plataformas de coedición que están deseando hacer negocio a tu costa. Van a jurar que tu lista de la compra, esa que escribiste en un Post It amarillo, es más original que el Ulises de Joyce, mientras puedan sacarte los cuartos.

Si en vez de hablar de literatura, habláramos de tocar un instrumento, las cosas estarían más claras. Sin haber dado un buen montón de clases, durante meses y meses ¿nos subiríamos a un escenario, a tocar un solo de guitarra o una melodía al piano? Ni en sueños, claro, porque haríamos el ridículo.

Sin embargo, todos hemos caído en esa trampa. Incluso nosotros. Yo recuerdo un artículo que te aconsejaba, incluso, que diseñara e imprimiera tarjetas de visita, donde figurase en grande el título de ESCRITOR, porque era la mejor manera de creérselo. Pero eso equivale a presumir de médico o de ingeniero sin haber pisado la Universidad: es inútil y ridículo. También lo es el afán de publicar, por encima de todas las cosas, cuando aún no se conoce los rudimentos más básicos sobre literatura, como saber encajar de manera coherente una presentación, un nudo y un desenlace. Para un autor no es importante lo que haya publicado, sino lo que haya escrito. Paco de Lucía no agarró una mañana la guitarra, y se sentó esa misma tarde a tocar Entre dos aguas. Pasó un buen montón de años, muchas horas al día, destrozándose las yemas de los dedos entre las cuerdas de una guitarra. Escribir es eso: pegarse con una tonelada de papel, inventando historias, refinando la técnica, eliminando flaquezas y dándole brillo a las virtudes. Si se piensa en firmar ejemplares en la Feria de Libro, o se tiene sueños húmedos con la pasta que se puede ganar por derechos de autor, se está perdiendo el tiempo. Por no hablar que es más fácil recibir un premio de la lotería, visto el patio, que convertirse en un Best Seller.

No, no debes escribir si no tienes fiebre, si la imaginación no te aprieta las sienes desde dentro, amenazando con reventarte el cráneo. Es un consejo desagradable, pero bastante honesto.

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El diseño de una historia

Mientras andamos con certámenes arriba y abajo, quizá sea el mejor momento para regalar algún consejo útil. En su día, ya comentamos la importancia de disponer de una presentación, un nudo y un desenlace. Sin eso, tenemos un avión sin alas o un coche sin ruedas: quizá pueda ser útil para adornar una rotonda, pero no vale para nada más.

De ese post se deducía una idea: el trabajo del escribiente (el tuyo o el mío) empieza mucho antes de redactar su relato. Hay autores, como Stephen King, que dicen improvisarlo todo. Se sientan delante del procesador de texto y, ¡hala!, se inventan sobre la marcha un tocho de mil páginas, con todos sus escenarios, personajes, tramas y subtramas. Yo dudo que eso sea cierto. Los escritores tienen un ego del tamaño de la Vía Láctea, eso sí me consta, y les gusta engrandecer su propia leyenda. Incluso si dijera la verdad, hablamos de Stephen King, un tipo que tiene un genio más que contrastado. No podemos ni debemos aspirar a esa misma cumbre.

Escribir un libro no es diferente de cualquier otro proyecto, como levantar una casa. Podríamos ponernos directamente a cavar cimientos y levantar pilares, confiando en que todo encajará en su sitio cuando terminemos de poner el último ladrillo. Pero la gente sensata hace bocetos y planos antes de mancharse las manos. Es más fácil hacer correcciones o mejoras en un dibujo que en un muro de hormigón recién construido.

El primer paso sería preguntarnos como queremos que empiece, se desarrolle y termine nuestra historia. Normalmente, la inspiración nace de una idea central, tipo: “mi vecino, el que siempre saluda, es un peligroso psicokiller”. Hay que hacer que esa semilla crezca. Como mínimo, hay que ofrecerle a nuestra historia un arranque atractivo y rematarla con un desenlace que consga sorprender al lector. Con frecuencia eso implica estudiar y desechar diferentes alternativas, huyendo de soluciones poco inspiradas (mi vecino psicópata se ha dado cuenta que le he calado y decide matarme. Fin) o que se hayan visto ya en otras novelas o películas (mi vecino psicópata, obsesionado con los pecados capitales, me hace llegar la cabeza de mi novia por Seur. Fin), buscando siempre una vuelta de tuerca (mi vecino psicópata era tan rematadamente peligroso, que opté por acabar con él antes de que le pudiera hacer daño a alguien. Tuve que matar también a su mujer y a sus dos hijos, porque eran sus cómplices y aprendices. Yo mismo he llamado a la policía, y espero en un salón encharcado de sangre. Fin)

El trabajo previo es proporcional al tamaño y complejidad de la historia. Un relato de 200 palabras se puede idear en cinco minutos.  Una novela de 200.000 puede necesitar meses de planificación, sobre todo si toca temas complicados. Necesitaríamos un par de entradas más para desarrollar este tema (que ya llegarán), pero bastará decir que el trabajo de documentación debe extenderse a todos los aspectos de nuestra historia, desde los escenarios donde se desarolla la acción, hasta la biografía de nuestros personajes principales.

Con un buen diseño, no sólo tendremos una buena historia, sino también evitaremos el llamado “bloqueo del escritor”, que es el equivalente a no poder seguir con la obra, porque nos hemos puesto a construir el edificio al buen tuntún, y no nos cuadra nada ni sabemos por donde seguir,

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Presentación, nudo y desenlace

Estamos evaluando todos los textos recibidos, y en muchos de ellos se repite una pauta que no nos resistimos a comentar: sus autores aún no han comprendido en qué consiste un relato (una pausa para los aludidos puedan descargar insultos y abucheos. Conste en acta, señor juez, que sólo intentamos aportar consejos útiles).

Una historia tiene tres partes. Primero, la presentación, donde ponemos sobre el escenario a los personajes principales y echamos a rodar la acción. Luego está el meollo, donde se va tejiendo la trama principales y, de haberlas, también las secundarias. Por último, tenemos el desenlace, donde explota la traca final y todos los conflictos quedan resueltos.

¿Alguien se imagina un buen chiste sin su gracia final? Por supuesto que no. Sin su desenlace, un chiste ni siquiera merece ese nombre. Es algo incompleto, sin utilidad alguna.  La misma regla aplica a todos los relatos, sea cual sea su género. De nada sirve tener un estilo depurado o plantear una situación interesante, si no sabemos rematar con un final digno.

Cuando nos sentamos delante de un folio, tenemos que tener claro qué historia queremos contar. Esto es importante. Sin historia, sólo conseguiremos escribir pensamientos sueltos, párrafos más o menos sonoros que pueden tener mucha importancia para nosotros pero absolutamente ninguna para el resto de la humanidad. También nos hemos encontrado muchos textos que poseen un estilo bastante maduro, un arranque cautivador y un desarrollo brillante pero… no rematan. Puede que por falta de ideas, o por la falsa convicción de que, para el lector, será divertido imaginar el desenlace. Pero eso equivaldría  a cortar los veinte minutos finales de una película: no, el espectador no va a aplaudir esa ocurrencia, al contrario. Quiere ver como Iron Man machaca a los malos, destruyendo media Nueva York en el proceso. Y no se le ofrecen eso, exigirá que le devuelvan el dinero de la entrada.

Empezar a escribir una historia es bastante fácil. El auténtico mérito es saber terminarla, con un fin de fiesta memorable. Nuestro consejo es que no se debería empezar a escribir, sin tener claro cuál será el final.